La ilusión del hacedor (el ego)

La ilusión del hacedor es una de las creencias más arraigadas en la experiencia humana. Damos por hecho que somos quienes hacen, quienes deciden y dirigen la vida. Desde muy temprano aprendemos a decir “yo hice”, “yo elegí”, “yo debería haber actuado distinto”, sin detenernos a mirar si realmente hay alguien personal detrás de ese movimiento.

En el encuentro en vivo de Entregados, junto a Fernando Raspo, esta ilusión no fue abordada como un concepto espiritual, sino desde la experiencia directa. Cuando se observa con honestidad, las acciones suceden: el cuerpo se mueve, las palabras aparecen, las decisiones emergen.

La pregunta es sencilla y profunda a la vez: ¿Quién es el hacedor?

Cuando esta pregunta se deja abierta, empieza a verse que la sensación de autoría no es tan sólida como parecía. Hay movimiento, pero no necesariamente un autor separado controlándolo.


La ilusión del hacedor como base del ego

El ego se sostiene en gran parte sobre la idea de ser el hacedor. No tanto como una entidad definida, sino como una sensación continua de control y responsabilidad. Desde ahí aparece la tensión por hacerlo todo bien, por sostener la forma, por no equivocarse.

El problema no es la acción en sí, sino la apropiación posterior. El ego toma lo que ya ocurrió y lo convierte en identidad. Incluso en el camino espiritual, esta dinámica puede continuar bajo formas más sutiles: “yo practico”, “yo avanzo”, “yo estoy más consciente”.

“La creencia en un hacedor personal es la raíz del sufrimiento.” (David Hawkins)

Cuando se empieza a ver este mecanismo, no es necesario luchar contra el ego ni intentar eliminarlo. Basta con reconocer cómo opera. Al observarlo, pierde rigidez. La vida sigue expresándose, pero con menos carga psicológica.


No hay nadie controlando la vida

Al mirar más de cerca la experiencia cotidiana, se vuelve evidente que muchas cosas ocurren sin intervención personal. La respiración sucede sola. El corazón late sin esfuerzo. Los pensamientos aparecen antes de que exista una decisión consciente de pensarlos.

Esta observación no niega la vida práctica ni el funcionamiento cotidiano. Simplemente revela que el control personal es más una interpretación que un hecho. La sensación de ser quien hace aparece después del movimiento, no antes.

“La acción ocurre; el hacedor es una idea añadida.”

Cuando esta comprensión se asienta, suele aparecer un alivio profundo. No porque la vida se vuelva perfecta, sino porque se suelta el peso de tener que sostenerlo todo. Las acciones continúan, las decisiones siguen apareciendo, pero sin la presión de un yo que debe dirigir cada resultado.


Autoindagación y la desidentificación

La autoindagación permite mirar directamente esta creencia. No busca respuestas conceptuales, sino ver qué hay realmente en la experiencia. Al preguntar con honestidad “¿quién está haciendo esto?”, muchas veces no aparece nadie. Solo aparece conciencia registrando el movimiento.

Desde este lugar, la ilusión del hacedor se reconoce como una sensación más, transitoria, cambiante. No hay necesidad de eliminarla ni corregirla. Cada vez que se ve, pierde fuerza por sí sola.

Vivir desde esta comprensión no implica pasividad ni desconexión. Implica una participación más liviana, más alineada con lo que está ocurriendo. La vida se vive, las acciones suceden, pero sin la carga de un autor imaginario que debe controlarlo todo.

La invitación queda abierta a observar, en la experiencia directa, qué sucede cuando se cuestiona esta ilusión y se permite que la vida se exprese tal como es.

Gracias por acompañarme hasta aquí.

Nos seguimos encontrando.

Un abrazo,

Karel

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