Soltar el control no es una consigna espiritual ni una técnica para sentirnos mejor. Es una experiencia que se abre cuando dejamos de exigirle a la vida que sea como creemos que debería ser. En ese gesto simple —aunque profundamente desafiante— aparece algo que muchas veces estaba velado: la posibilidad de descansar en la experiencia tal como es.
Cuando hablamos de soltar el control, no nos referimos a abandonar la acción ni a retirarnos del mundo. Tampoco a resignarnos o a volvernos indiferentes. Se trata de reconocer, en la experiencia directa, que el esfuerzo por sostener la forma es una tensión constante que no trae la paz que promete.
En los encuentros en vivo, esta observación suele aparecer con claridad: nadie está realmente controlando su vida. Lo que existe es una sensación persistente de estar intentándolo.
Soltar el control y la identificación con la forma
El impulso por controlar no surge porque algo esté mal, sino porque hay una identificación profunda con la forma: con lo que pensamos, sentimos, hacemos y tenemos. Desde ahí, se vuelve lógico querer que todo permanezca estable, previsible y alineado con esa identidad.
Cuando la vida se mueve —y siempre lo hace— aparece la fricción. Queremos que las personas no cambien, que las situaciones se mantengan, que la economía responda a ciertos parámetros, que el cuerpo funcione de determinada manera. Incluso buscamos controlar los procesos espirituales, esperando que produzcan resultados específicos.
El intento de control no siempre es evidente. A veces aparece como exigencia interna, como presión silenciosa o como la necesidad de que algo “funcione” para poder estar en calma. Sin embargo, esa calma nunca se estabiliza desde ese lugar.
“La paz no se encuentra en la forma, sino en la renuncia a exigirle a la forma que sea distinta.”
Desde esta mirada, soltar no implica hacer algo nuevo, sino dejar de sostener una estrategia que ya estaba operando sin ser vista.
El movimiento hacia el campo de la conciencia
La posibilidad de soltar aparece cuando la atención se dirige al campo de la conciencia. No como un lugar al que haya que llegar, sino como el origen desde el cual toda experiencia surge. Ese campo no está separado de la vida cotidiana; es previo a toda interpretación.
Este movimiento no requiere técnicas complejas ni estados especiales. Basta con reconocer, aunque sea por un instante, desde dónde se está mirando. Al soltar la identificación con la forma, aparece una percepción más amplia en la que las experiencias continúan ocurriendo, pero ya no definen lo que somos.
Observar sin intervenir
Cuando la atención descansa en el campo de la conciencia, se vuelve evidente que pensamientos, emociones y situaciones aparecen y desaparecen. El conflicto no está en su aparición, sino en la creencia de que deben ser controlados para que todo esté bien.
Aquí se revela algo esencial: no es necesario intervenir en la experiencia para estar en paz. La paz emerge cuando dejamos de resistir lo que ya está ocurriendo.
“Se te pide tan poco a cambio de tanto: solo que sueltes tus interpretaciones.” (UCDM)
Esta comprensión no elimina la vida ni sus desafíos. Lo que se disuelve es la carga adicional que les agregábamos desde la mente.
Confiar en la vida sin resignación
Confiar en la vida no es lo mismo que resignarse. La resignación nace de la idea de que nada tiene sentido. La confianza aparece cuando se reconoce que la vida no necesita ser dirigida para sostenerse.
Rendirse a la vida no implica dejar de participar, sino participar sin imponerle a la experiencia una forma previa. Es permitir que las cosas sean como están siendo, incluso cuando no coinciden con nuestras preferencias.
Cuando se afloja el control sobre una situación concreta —una relación, el trabajo, la economía, el cuerpo— suele aparecer primero vértigo. Ese vértigo no es una señal de error, sino el miedo a perder una identidad. Detrás de esa sensación, muchas veces aparece un descanso profundo.
La vida sigue expresándose. Las decisiones continúan ocurriendo. Las acciones se realizan. Lo que se disuelve es la idea de que todo depende de un yo que debe sostenerlo todo.
La práctica cotidiana de soltar el control
Este proceso no es un evento único, sino una disposición que se vuelve cada vez más accesible. En la vida diaria, puede comenzar con gestos simples: no intervenir mentalmente en lo que otro siente, permitir que una emoción se exprese sin intentar corregirla, observar una preocupación sin seguirla.
Cada vez que se reconoce el intento de control, aparece la posibilidad de soltarlo. No como una obligación, sino como una observación honesta. Desde ahí, la atención puede volver naturalmente a la conciencia, aunque sea por unos segundos.
Con el tiempo, se vuelve evidente algo muy simple: cuanto menos se intenta controlar, más disponible está la paz. No porque la vida se vuelva ideal, sino porque deja de ser vivida como una amenaza.
Este proceso no elimina los desafíos, pero transforma la manera de habitarlos. La experiencia ya no se vive como algo que hay que sostener, sino como algo que sostiene.
Invitación a integrar
Soltar el control no es una meta ni un ideal a alcanzar. Es una invitación constante a observar desde dónde estamos viviendo. Cada situación ofrece la posibilidad de elegir entre resistir o permitir, entre tensar o confiar.
Al permitir que la experiencia sea tal como es, sin imponerle una forma, se revela una libertad que no depende de condiciones externas. Esa libertad no se construye: se reconoce.
La invitación queda abierta a observar, en la experiencia directa, qué sucede cuando el control se afloja y aparece la confianza en la vida, una y otra vez, en lo simple y en lo cotidiano, dejando que la conciencia sostenga el proceso.
Gracias por acompañarme hasta aquí, y bienvenida/o seas al próximo encuentro en vivo por Youtube
Un abrazo enorme. Bendiciones para tu camino.
Karel
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